Escritura Diaria, 2 Febrero 2026

En el evangelio de hoy escuchamos que Simeón, un anciano descrito como justo y piadoso, fue movido por el Espíritu Santo a ir al atrio del templo cuando Jesús estaba allí.

Fiesta de la Presentación del Señor

Meditación

Cuando celebramos un bautismo de un bebé en mi parroquia, siempre es una ocasión llena de alegría. Me encanta observar a los padres, abuelos, la familia extendida y a toda la comunidad parroquial dando la bienvenida al bebé, este nuevo miembro de nuestra comunidad.

¡Y también hubo alegría cuando María y José llevaron a Jesús al templo de Jerusalén! Fueron a cumplir los rituales judíos tradicionales que se realizan después del nacimiento de un niño, para presentarlo a Dios. En el evangelio de hoy escuchamos que Simeón, un anciano descrito como justo y piadoso, fue movido por el Espíritu Santo a ir al atrio del templo cuando Jesús estaba allí. Tomó a Jesús en sus brazos, lo bendijo y, lleno de gozo, alabó a Dios, profetizando que Jesús es la encarnación viva de la consolación y la redención de Dios. Luego se acerca otra persona anciana, la profetisa Ana, una viuda que “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones”. Ella también alaba a Dios con alegría por el don de Jesús para este mundo.

Gracias a la íntima unión de Simeón y Ana con Dios, reconocieron a Jesús cuando se encontraron con él. En su muy apreciado libro “Los profetas,” el rabino Abraham Heschel describe la relación del profeta con Dios de este modo:

«El Dios de los profetas no es el “Totalmente Otro,” un ser extraño y misterioso, envuelto en una oscuridad insondable, sino el Dios de la alianza, cuya voluntad conocen y están llamados a comunicar. El Dios que proclaman no es “el Lejano,” sino Aquel que está comprometido con nosotros, cercano y atento».

Los profetas ven la realidad como Dios la ve, y aman como Dios ama: con cercanía, compromiso y cuidado. Es como si hubieran podido asomarse al mismo corazón de Dios; y después de haber vivido esa experiencia, no pueden guardar silencio, aun cuando sus palabras lleven a que otros los consideren ingenuos, desequilibrados, exagerados o poco prácticos. Porque desafían a cada persona a mirar el panorama completo, y porque con frecuencia cuestionan las normas de la cultura dominante, los profetas sufren algo más que simples malentendidos. Como bien sabemos, a veces son perseguidos e incluso pierden la vida.

Hoy pedimos al Espíritu Santo el don de la profecía, para que, como Simeón y Ana, sepamos reconocer a Jesús cuando se nos presenta: en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida y de nuestro mundo. Oramos para tener ojos que vean y corazones que comprendan los signos de nuestro tiempo como Dios los ve. Oramos también por la valentía de alzar la voz y actuar proféticamente cuando nos encontramos con injusticias que hieren el corazón de Dios.

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