
Reflexión
«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá la puerta». ¿Podemos creerlo cuando tantas veces parece que no se cumple? Suplicamos y le rogamos a Dios y, aparentemente, no recibimos respuesta. De hecho, a veces parece que las oraciones de otros sí son escuchadas, mientras que las nuestras quedan sin atender. Podemos cargarnos de culpa, suponiendo que es nuestra responsabilidad. Pensamos que tal vez estamos pidiendo de la manera “equivocada”, o quizá nuestra fe es insuficiente. O nos enojamos porque asumimos que la culpa es de Dios. ¿Cómo agradar a este Dios caprichoso que reparte sus favores con tanta medida?
Hay una distinción importante: ¿qué es exactamente lo que Jesús promete? Él dice: «…cuánto más el Padre de ustedes, que está en el cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan». Ah, eso cambia todo. No se nos promete que si pedimos un nuevo trabajo, recibiremos un nuevo trabajo, o que si pedimos sanación física, obtendremos sanación física. Más bien, Jesús promete que, si pedimos, recibiremos “cosas buenas”. En otras palabras, recibiremos lo que necesitamos, no necesariamente lo que queremos.
Lo que pedimos puede ser o no bueno para nosotros, y Dios conoce la diferencia.
Cuando mi papá estaba muriendo, a pesar de la multitud de oraciones (¡de diez hijos!), no recibimos la sanación física que pedíamos. En cambio, recibimos la reconciliación de divisiones dentro de nuestra familia, algo que papá pudo presenciar antes de morir. Recibimos la bendición de que la mayoría de la familia estuviera reunida con él, orando y cantando mientras partía al encuentro de Dios. Recibimos un testimonio tan fuerte de espiritualidad y fe que incluso los miembros de la familia que no practicaban fueron profundamente tocados. La muerte de papá fue verdaderamente sagrada. Dios no suele conceder sanación física, pero Dios siempre sana. Dios no siempre responde como queremos, pero Dios siempre responde.
Jesús nos dice que Dios desea que seamos sinceros y pidamos lo que anhelamos.

Por supuesto, Dios conoce lo que hay en mi corazón incluso antes de que lo exprese. Formular y poner en palabras mis necesidades es un ejercicio valioso para mí, no para Dios.
Después, debo confiar en la Fuente de todo amor para que separe la paja del trigo y derrame aquello que realmente necesito, más allá de todo lo superficial.
El desafío de Jesús, entonces, es permanecer continuamente en relación con Dios: pedir lo que necesito, abrir las profundidades de mi corazón y compartir mi vida. Y luego viene la parte más difícil: al mismo tiempo que me abro, aprender a escuchar las respuestas de Dios, para convertirme en un recipiente cada vez más dispuesto a recibir lo que Dios sabe que necesito. Mi vida no estará libre de tristeza, tragedia y pérdida. Necesito pedir, buscar y llamar constantemente.
Dios responderá llenándome de todo lo que necesito para afrontarlo con gracia, valentía y paz. ¿Qué respuesta más grande podría alguien recibir?





