Para mí, dar limosna no es una práctica cuaresmal para el bolsillo, sino una forma de vida que he llegado a llamar el “Ministerio de Presencia.”
Esta forma de dar limosna para mí viene del llamado de Jesús, que escuchamos en Mateo 25:36: “Porque estuve en la cárcel… y me visitaron”.
Cada mes voy a la cárcel local de mujeres, donde entrego mi tiempo y mi corazón a través de la oración, la lectio divina y la escucha atenta de las historias, luchas y esperanzas de las mujeres que allí se encuentran.
Entre el alambre de púas y el hormigón, creamos un terreno sagrado al expresar sueños y compartir la fe. Este ministerio me llena de humildad y me transforma continuamente como discípula de Jesús.
Recientemente, celebramos con “K” mientras se preparaba para su liberación después de dos años y medio, llena de alegría y ansiedad, mientras esperaba con ansias el reencuentro con su hijo pequeño. Oramos por ella y confiamos su futuro a Dios con gratitud.
Semanas después, nos alegramos nuevamente al saber que ella estaba reunida con su hijo, trabajando, establecida y creciendo en la fe: signos vivientes de sanación y gracia




