
Reflexión
En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta un desafío muy serio: «Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos». Para sus contemporáneos, esto les parecía imposible. Los fariseos eran religiosos, disciplinados y fieles a la Ley. ¿Cómo podía alguien superarlos?
Pero Jesús no está pidiendo más prácticas externas. Está pidiendo una transformación interior.
Jesús cita el mandamiento «no matarás» y va más allá del homicidio. Habla del enojo, de las palabras duras y de las relaciones rotas. Dios no mira solo las acciones; mira el corazón. Una persona puede nunca cometer un asesinato, y sin embargo herir a otros diario con su resentimiento, sus insultos y un odio silencioso. La justicia cristiana no consiste en mantener una apariencia. Se trata de la sensibilidad del corazón. Cuando el enojo aumenta en uno, destruye la paz del sujeto y de todo el nuestro alrededor. Por eso Jesús insiste que, si estás en el altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, primero ve y reconcíliate. La reconciliación agrada más a Dios que el rito.
Hoy debemos examinar nuestros corazones: ¿hay resistencia al perdonar? ¿hay orgullo de mi mismo? ¿hay alguien con quien nos negamos a hablar? El Señor nos llama a resolver estos prejuicios sin demora, porque el perdón postergado endurece el corazón. La justicia que Jesús nos pide no es una perfección personal. Es querer un corazón en sintonía con la gracia que Dios nos ofrece. Cuando permitimos que Cristo quite nuestro enojo y nos llene de su misericordia y compasión, verdaderamente nos convertimos en sus discípulos. Hoy pedimos la gracia de perdonar, la gracia de reconciliarnos y la gracia de vivir una justicia que brota de un corazón sincero.

Hoy la familia pasionista celebra la fiesta de san Gabriel de Nuestra Señora de los Dolores. Él fue un joven santo pasionista, su vida nos enseña que la pureza de corazón es el tesoro que nos permite percibir a Dios en cualquier momento, y vivir plenamente en su amor.
Desde su juventud, Gabriel buscó mantener su corazón libre de enojo, orgullo y egoísmo. Cada actividad de su breve vida, ya fuera en la oración, en el servicio a los pobres o en la atención a los que sufren, brotaba de un corazón dedicado a la Pasión de Cristo. Incluso sus propios sufrimientos—la enfermedad que le quitó la vida—unidos a la Pasión de Cristo, se convirtieron en fuente de amor y compasión para los demás. Cuando nuestros corazones son puros, nuestras acciones reflejan naturalmente la misericordia y la compasión de Dios.
Hoy pidamos la gracia de imitar a san Gabriel, de custodiar nuestros corazones contra el resentimiento, de abrazar la humildad y de abrir nuestros corazones a la misericordia y la compasión de Dios.





