Escritura Diaria, 22 de Marzo 2026

Pero con el tiempo comprendí algo que el Evangelio de hoy revela con fuerza: Dios no abandona a sus hijos en la oscuridad del sepulcro.

Reflexión

“¡Lázaro, sal fuera!”

Hace algunos años le pregunté a mi confesor y director espiritual, el Padre Vincent O’Reilly, ya fallecido: ¿Por qué Dios nos creó si nuestra sola existencia provoca tanto odio, persecución y sospecha? En ese momento mi corazón estaba profundamente herido. Incluso un sacerdote había utilizado su homilía para insultarnos por ser hispanos viviendo en Estados Unidos. Aquellas palabras habían dejado en mí un dolor profundo.

Pero con el tiempo comprendí algo que el Evangelio de hoy revela con fuerza: Dios no abandona a sus hijos en la oscuridad del sepulcro.

El grito de Jesús ante la tumba de Lázaro —«¡Lázaro, sal fuera!»— resuena también en nuestras propias tumbas interiores. Ese grito, que tantas veces escuché también en las palabras llenas de fe del Padre Vincent, me sigue sacando cada día del umbral de la desolación: del miedo que nace de la violencia y el odio, del cansancio de la enfermedad, de la tristeza ante la indiferencia frente al sufrimiento de tantas víctimas de guerra, abuso e injusticia.

El Evangelio nos muestra algo profundamente humano y divino al mismo tiempo: Jesús llora.

Dios no es indiferente al dolor humano. Pero sus lágrimas no son el final. Frente al sepulcro, Jesús pronuncia una palabra que abre la vida: «¡Lázaro, sal fuera!». Y donde parecía reinar la muerte, comienza una vida nueva.

San Pablo de la Cruz enseñaba que la Pasión de Cristo es “la obra más grande y admirable del amor de Dios”. En la espiritualidad pasionista aprendemos que incluso en medio del sufrimiento, del rechazo o de la injusticia, el amor de Dios sigue actuando silenciosamente. Como repetía San Pablo de la Cruz: “En las llagas de Cristo encontramos la esperanza.”

Así actúa Dios. Tal vez no siempre de la manera que esperamos, ni en los tiempos que imaginamos, pero siempre con el poder de devolver la vida. Cuando escuchamos la voz de Cristo que nos llama por nuestro nombre, también nosotros podemos salir de nuestros sepulcros interiores.

Porque donde habita el Espíritu de Dios, la muerte —en cualquiera de sus formas— nunca tiene la última palabra. Y desde la Cruz, Cristo sigue susurrando al corazón del mundo:

“Sal fuera… vive… y no tengas miedo.”

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