
Reflexión
El Evangelio de hoy relata uno de los milagros más memorables de Jesús: la multiplicación de los panes y los peces. En la versión de Juan de este relato milagroso, destacan tres aspectos. En primer lugar, la principal preocupación de Jesús es que la multitud sea alimentada. Este pasaje evangélico no menciona que Jesús estuviera enseñando o predicando a la multitud; por el contrario, está totalmente centrado en alimentarlos, lo cual sugiere que su bienestar físico le importa a Jesús. Cuando la gente tiene hambre, la enseñanza puede esperar.
En segundo lugar, conocemos tan bien esta historia del milagro que fácilmente podemos pasar por alto que, después de haber multiplicado los «cinco panes de cebada y los dos peces», en lugar de pedir a sus discípulos que distribuyeran el alimento entre la multitud, Jesús los alimenta Él mismo, yendo hacia cada persona —una tras otra— para ofrecerles «tanto pescado como quisieran». Para Jesús, el milagro habría quedado incompleto, estancado e inconcluso, si se hubiera detenido en el acto de la multiplicación.

El milagro solo se consuma cuando Él se adentra en la multitud para alimentar personalmente a cada hombre, mujer y niño, brindando a cada uno de ellos —aunque solo sea por un instante— no solo algo de comer, sino también su atención absoluta.
Ninguno de ellos fue pasado por alto; ninguno de ellos fue desatendido. Así es el mundo tal como Dios lo desea: un mundo donde ningún ser humano es soslayado ni olvidado; un mundo donde nadie se queda con hambre, pues —al igual que la gente que se encontraba aquel día en la ladera del monte en Galilea— todos «quedaron saciados».
¿Cómo hacemos realidad ese tipo de mundo, un mundo que Jesús llamó «el reino de Dios»? Esto nos lleva al tercer punto. Jesús pudo multiplicar los panes y los peces solo porque un muchacho compartió lo que tenía. Le dio a Jesús algo con lo que trabajar y, como resultado, miles de personas tuvieron «más de lo que podían comer». Con nosotros sucede exactamente lo mismo. Al igual que con aquel muchacho, Jesús trabaja con cualquier cosa que tengamos para ofrecer —un acto de generosidad, una palabra de aliento, un gesto amable—, haciendo de aquello que le entregamos mucho más de lo que jamás podríamos imaginar.
¿Milagros? ¿Quién dice que no pueden ocurrir en todo momento?





