
Reflexión
Lobos que cantan los himnos
El depredador más peligroso de la Iglesia nunca ha mostrado sus colmillos hacia el exterior.
Hemos llorado copiosamente ante la despedida de Pablo en Mileto. Podemos imaginar el abrazo, el dolor, la santa aflicción de una comunidad que pierde a su amado apóstol. Pero, tal vez, esas lágrimas también nos han cegado ante los colmillos que ya están devorando nuestras propias comunidades.
Pablo no se está limitando a despedirse; también les está advirtiendo: «…se introducirán entre ustedes lobos rapaces»; algunos surgirán desde el interior de la comunidad, tergiversando la verdad para atraer discípulos hacia sí mismos. No son enemigos a las puertas; no son villanos evidentes; sino gente de dentro, líderes, voces que dominan el lenguaje de Dios.
Toda guerra santa librada en los comentarios de las redes sociales, todo trofeo doctrinal cobrado en línea, toda “defensa de la ortodoxia” que deja a alguien sangrando espiritualmente: también estas son obra de lobos vestidos con atuendos sagrados y que saben llorar en las liturgias oportunas.
En el Evangelio, Jesús ora: «Santifícalos en la verdad». Pero la verdad nunca estuvo destinada a convertirse en un arma para defender nuestra inseguridad, nuestro ego, nuestra sed de tener la razón. Jesús se santificó a sí mismo para que nosotros fuéramos santificados en la verdad, no armados con ella.
La pregunta aterradora no es si el mundo odia el Evangelio; Jesús ya nos advirtió que así sería. La pregunta más peligrosa es si hemos aprendido a traicionar el Evangelio precisamente cuando afirmamos estar defendiéndolo.
Quizás las lágrimas más sinceras en Mileto no fueron solo por la partida de Pablo, sino por la carnicería venidera que llevaría la sonrisa de un pastor.
Cuando me alzo para «defender la verdad», ¿estoy protegiendo al rebaño o alimentando mi hambre impía?





