Domingo de Ramos: El significado del amor sufriente durante la semana santa

En esta reflexión, el Padre David Colhour, CP, explora el significado de la Encarnación, del amor sufriente y de la fuerte conexión entre la Pasión de Cristo y la compasión de María. A través de ejemplos tomados de la vida real y de su profunda visión espiritual, el P. David nos invita a reflexionar sobre el lugar que ocupamos en los acontecimientos de la Semana Santa.

El Domingo de Ramos marca el comienzo de la Semana Santa: un camino desde la celebración hasta la cruz.

En esta reflexión, el Padre David Colhour, CP, explora el significado de la Encarnación, del amor sufriente y de la fuerte conexión entre la Pasión de Cristo y la compasión de María. A través de ejemplos tomados de la vida real y de su profunda visión espiritual, el P. David nos invita a reflexionar sobre el lugar que ocupamos en los acontecimientos de la Semana Santa.

Cuando estás al pie de la cruz, no estás solo.

P. David Colhour, CP

Transcripción (Español)

Esta transcripción ha sido elaborada con fines de claridad, accesibilidad, facilidad de búsqueda y legibilidad, si bien podrían presentarse variaciones menores respecto al video original.

Al comienzo de la Semana Santa

¡Feliz Domingo de Ramos, Domingo de la Pasión! Hemos titulado esta serie «De 12 a 3 p. m.» porque la Cuaresma tiene por objeto prepararnos para una participación activa en la muerte y la resurrección de Cristo. Y hoy, Domingo de Ramos, cruzamos literalmente el umbral —atravesamos la puerta— que nos conduce a la Semana Santa.

La Encarnación: Dios se hace hombre

Al comenzar a contemplar y reflexionar sobre los últimos días de vida para Jesús y su muerte, quiero retroceder para abordar algo igual de importante: el hecho de que Él nació. La historia de la Navidad: la Encarnación.

La Encarnación trata sobre Dios haciéndose hombre, asumiendo carne humana, caminando y hablando, teniendo una personalidad y experimentando todas las alegrías y limitaciones que conlleva ser una persona humana. En la Navidad, nos regocijamos en ese don.

Pero, ¿qué habría sucedido si, en la Encarnación —cuando Dios se hizo carne—, Él hubiera dicho: «Soy superior a los seres humanos; elijo vivir más privilegiado que los seres humanos»? Habría habido algo dentro de nosotros que habría rechazado su elitismo: «Dios, simplemente no nos entenderás».

Pero esta actitud nunca la vemos en Jesús. Lo que vemos es a alguien que se sometió a las luchas, al dolor y a los aspectos más hirientes de la humanidad. Así nació Jesús: rechazado y sin posada. Así vivió su vida: entre personas que necesitaban su ayuda, personas que oraban desde lo más profundo de su alma. Entonces, ¿por qué habría de ser diferente ahora que nos adentramos en la Semana Santa y consideramos su modo de morir?

La forma en que Jesús eligió morir

Todo lo que nace en este mundo, tarde o temprano, ha de morir; y Jesús tuvo que morir. Era humano. Podría haber dicho: «Voy a ser superior a los demás», o bien: «Voy a morir enseñando a otros una mejor manera de morir». Lo cual, paradójicamente, fue en cierto modo lo que hizo.

Pero si observamos su proceder, vemos que permite que la oscuridad de la condición humana lo envuelva por completo. Jesús no tuvo una vida fácil, ni tampoco una muerte fácil; y lo hizo de manera deliberada.

Él hace esto para que nadie pueda decir jamás: «Jesús lo tuvo fácil». Su vida no fue fácil. Su muerte no fue fácil. Murió de una manera cruel, violenta, injusta, sangrienta, brutal y públicamente vergonzosa.

Si hubieras estado allí aquel día y hubieras visto morir a Jesús, no habrías calificado su muerte algo santo. Habrías llamado a su muerte lo que era: cruel, violenta, injusta. Y, sin embargo, es precisamente allí donde Dios eligió revelarnos la totalidad de su amor por la humanidad.

El amor sufriente y el ágape

¿Qué es aquello que hace que el sufrimiento y el amor encajen? A menudo lo expresamos de manera sencilla–todas las madres lo saben–lo llamamos «amor sufriente».

Si verdaderamente te importa alguien, ello te lleva al sacrificio. Cuando te sacrificas, cuando el cuidado del otro se vuelve tan importante que dejas a un lado tus propios planes y tu propio bienestar, la Biblia llama a eso amor ágape. Es el amor con que nos ama Dios. Es la manera en que amó Jesús.

Es amor total, puro y divino: el amor del Buen Pastor.

Jesús no anduvo haciendo el bien simplemente porque fuera amable. Su misma esencia era la bondad del Padre, y Él reveló esa bondad. Cuando amas tan profundamente que estás dispuesto a sufrir por aquellos a quienes amas, eso es amor sufriente.

Dónde vemos hoy el amor sufriente

Todos estamos familiarizados con Juan 3:16: «¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.».

Entonces, ¿dónde vemos hoy el amor sufriente? Este perdura y se profundiza a través del dolor y el sacrificio.

Lo vemos en los padres que cuidan a hijos con enfermedades terminales; en los cónyuges que atienden a sus seres queridos con demencia y alzhéimer; y en los hijos adultos que cuidan de sus padres ancianos, donde el amor se vuelve aún más intenso a través del sufrimiento.

Es una labor desprovista de glamour: cuidar por un enfermo reduce el amor a su forma más pura: el ágape.

Lo vemos en los padres de hijos adictos, angustiados al ver sufrir a sus hijos, mientras intentan mantener límites y permanecer presentes. Lo vemos en el servicio público y en la justicia social: en madres que pierden a sus hijos a causa de la violencia y se convierten en defensoras de la causa.

Lo vemos en los trabajadores humanitarios, en los médicos y en los enfermeros que se adentran en lugares peligrosos. Y lo vemos en el heroísmo silencioso de la vida cotidiana: el padre o la madre que tiene dos trabajos, el amigo que acompaña a alguien sumido en una profunda depresión, el maestro que se niega a darse por vencido con un alumno que tiene dificultades.

El papa Francisco dijo una vez: «¿Huelen a sus ovejas?». ¿Están con la gente o la gestionan desde la distancia?

El sufrimiento más profundo: La pérdida de un hijo

La mayor agonía del amor sufriente es la de una madre que pierde a un hijo. Se siente como si las leyes del universo se hubieran desmoronado, como si el tejido que mantiene unido todo se hubiera desgarrado.

No existe dolor mayor que el de una madre que ve morir a su hijo. Toda cultura reconoce esto como una pérdida singular. Una madre da la vida esperando que sea su hijo quien la entierre a ella, y no a la inversa.

Cuando ese futuro se hace añicos, surge una pena profunda: una ruptura en el tejido del universo.

María al pie de la cruz

Vemos este dolor profundo en María, parada al pie de la cruz: la Madre dolorosa.

Existe una imagen muy conocida —especialmente en la espiritualidad pasionista—: la Piedad. La Piedad de Miguel Ángel muestra a María sosteniendo en su regazo el cuerpo sin vida de Jesús; este es uno de los siete dolores de María.

Para San Pablo de la Cruz, el sufrimiento de Jesús y el sufrimiento de María eran inseparables. La Pasión de Jesús es también la compasión de María.

Pablo de la Cruz y su madre

Pablo de la Cruz —cuyo apellido era Danei— tuvo una madre que dio a luz a dieciséis hijos, diez de los cuales fallecieron en la infancia.

Él aprendió sobre el dolor a través de su propia madre. Ella estaba constantemente embarazada, amamantando o de luto. Aquello lo marcó profundamente.

A veces bromeo diciendo que su madre era la verdadera santa. Ella le dio el fundamento para comprender que la vida, el sufrimiento, Dios y la cruz van todos unidos.

Él vio que el sufrimiento de su mamá se convertía en su oración —no transformándose en amargura, sino en fe.

María como Reina de los Mártires

Pablo llamó a María la Reina de los Mártires, no porque muriera físicamente, sino porque su alma fue traspasada, tal como Simeón había profetizado.

Ella padeció un martirio interior: ver sufrir y morir a su Hijo, permaneciendo al mismo tiempo entregada a la voluntad de Dios. No necesariamente lo comprendía, pero confiaba. Dijo «sí».

Pablo vio en esto la forma más elevada del amor sufriente: una agonía interior, lenta y sostenida, que consiste en amar plenamente, ver desaparecer todo por completo y, aun así, seguir diciéndole al Señor,  «sí».

Santa resignación frente a mera resignación

Pablo estableció una distinción importante entre la santa resignación y la mera resignación.

La mera resignación dice: «Simplemente aguantaré esto». La santa resignación elige aguantar el sufrimiento con la fuerza del amor.

María encarna esto. Ella permanece presente, elige amar fielmente a pesar del dolor. Es una diferencia sutil, pero crucial.

Domingo de Ramos: Del «Hosanna» al «Crucifícalo»

Hoy es Domingo de Ramos. Cruzamos ese umbral. La liturgia comienza con sonoros «hosannas» y palmas ondeantes, pero rápidamente se transforma en rechazo: voces que claman: «¡Crucifícalo!».

Esta no es solo una historia de un pasado; envuelve nuestras vidas. Esas mismas voces las escuchamos incluso hoy.

Una invitación para la Semana Santa

Mientras transitamos esta semana, escucha a las personas que forman parte de la narrativa. No solo a Jesús, sino a todos los demás.

Pregúntate: ¿Quién soy yo en estas historias? ¿Y quién desearía ser?

Lleva esto a tu oración.

Parados al pie de la cruz

Es fácil permanecer entre la multitud. Pero María nos invita a tomar otro lugar: a pararnos al pie de la cruz.

Y una cosa que he aprendido es esta: cuando estás al pie de la cruz, no estás solo. Existe una preciosa presencia.

Despedida

Soy el Padre David. Que tengan una Santa Semana bendecida. Y no olviden elevar una oración más por los catecúmenos en su camino de fe. Esta es una de las semanas más importantes de sus vidas.

Que Dios los bendiga. Nos vemos el próximo domingo.

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