
Reflexión
Dios, la brújula de nuestras vidas
Una brújula es un instrumento utilizado para la navegación y la orientación. Indica la dirección y nos ayuda a llegar a donde queremos ir. Una brújula nos guía a través de terrenos desconocidos, evita que nos perdamos y nos ayuda a mantener el enfoque. También en la vida necesitamos una brújula: algo que nos mantenga avanzando en una dirección claramente definida.
Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre aquello que verdaderamente guía nuestras vidas. En el Evangelio, vemos a Jesús como una persona que tiene pleno dominio de su vida, pues vive en profunda unión con su Padre. El Padre es la brújula de la vida de Jesús; todo cuanto Él hace emana de esa relación.
Dado que Jesús es guiado por el Padre, Él, a su vez, se convierte en la brújula para sus discípulos, conduciéndolos a salvo a través de la confusión y el miedo.
El Evangelio relata el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. Los discípulos se encuentran en una barca, atrapados entre fuertes vientos y olas embravecidas. Este acontecimiento sigue al milagro de la multiplicación de los panes, en el que Jesús alimentó a una gran multitud. La gente estaba asombrada y entusiasmada. Veían en Él a alguien que podía proveerles alimento, seguridad y fortaleza. Pero Jesús sabía que su entusiasmo era superficial. Estaban dispuestos a hacerlo rey por motivos materiales, sin comprender el sentido más profundo de su misión. Por ello, se retiró a la montaña para estar a solas con el Padre. Regresó a la fuente de su orientación, la verdadera brújula de su vida.
Mientras tanto, los discípulos luchaban contra la tormenta. El mar estaba agitado, los vientos eran fuertes y el miedo los abrumaba. Habían perdido el sentido de la orientación. La ansiedad llenaba sus corazones. Pero, en medio de este caos, Jesús aparece caminando sobre las aguas.

Su presencia restablece la calma. Sus palabras —«Soy yo; no tengan miedo»— se convierten en el punto de inflexión. La brújula regresa y, con ella, llega la paz.
La primera lectura de los Hechos muestra a la Iglesia primitiva aprendiendo esta misma lección. Ante la confusión y las quejas, los apóstoles recurren a la oración y al discernimiento. En lugar de reaccionar con pánico, permiten que Dios los guíe. Al elegir servidores llenos del Espíritu, aseguran que la misión continúe con claridad y unidad. Incluso en asuntos prácticos, confían en Dios como su brújula.
Nadie está verdaderamente perdido cuando el Señor es la brújula de nuestras vidas. Nada puede ahogarnos si nos aferramos a Él. Llegarán las tormentas, surgirá la confusión y podrían aflorar los miedos. Pero cuando Cristo nos muestra el camino, nunca nos quedamos sin esperanza. ¿Estamos dispuestos a permitir que Dios sea la brújula de nuestras vidas?
En la oración, en la fidelidad y en la confianza, mantengámonos abiertos a Aquel que, solo Él, puede guiarnos con seguridad. Cuando permitimos que el Señor nos conduzca, descubrimos que, incluso en las tormentas más oscuras, nunca estamos perdidos.





