Escritura Diaria, 3 de Mayo de 2026

Jesús es nuestro «hogar» y el centro de nuestro mundo de identidad personal, pertenencia y vida auténtica.

Reflexión

Una de las escenas más conmovedoras en el relato de la crucifixión ocurre cuando Jesús «encomienda» el cuidado de María al discípulo amado—Juan, y, a su vez, confía a este discípulo el cuidado de su madre. El resultado es bastante concreto:

«desde aquel día, el discípulo le hizo un lugar en su hogar».

Esta imagen de la creación de un «hogar» —y de la bienvenida a él— podría servirnos como lente a través del cual volver a contemplar el texto del Evangelio de hoy.

Sí, este texto nos resulta muy conocido y se utiliza con frecuencia en las liturgias fúnebres. Es una imagen reconfortante de Jesús yendo por delante de nosotros, preparándonos un lugar en el reino celestial y dándonos la bienvenida a esa morada eterna. Se inspira profundamente en el más básico de los proyectos humanos: brindar cobijo y cuidado a otro ser.

En nuestra vida espiritual cotidiana, también podemos hallar descanso en esta imagen. Jesús es nuestro «hogar» y el centro de nuestro mundo de identidad personal, pertenencia y vida auténtica.

Entramos en su hogar y moramos en su compañía simplemente por la fe. Este es su sencillo llamado y el único precio de la pertenencia y la seguridad eternas: «tengan fe también en mí».

La Pascua es la temporada en la que celebramos todas las dimensiones del Gran Acontecimiento en la evolución humana: el regreso de Jesús de entre los muertos, su presencia continua en la Resurrección, su ascensión al cielo y el don del Espíritu Santo para guiar y dirigir nuestras vidas  Ahora nos llama a abrazar con confianza un asentimiento sincero y lleno de fe a todas estas dimensiones de la vida.

Deja que estas palabras resuenen a diario. Jesús ha prometido —y vuelve a prometer hoy— ir a prepararnos un lugar, y que regresará para llevarnos consigo, para que donde Él está, estemos también nosotros.

Esto trasciende toda prueba y todo conocimiento empírico; no podemos «conocer» el camino, sino que somos invitados a vivir el «camino de Jesús». Ese será nuestro mapa y nuestra «vía» de avance.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí».

Deja que estas palabras resuenen a diario.

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