Escritura Diaria, 18 de Junio de 2026

El Padre Nuestro es una de las oraciones más simples y conocidas, pero en su interior se encuentra un desafío profundo.

Reflexión

El perdón del corazón

El verdadero perdón fluye del corazón. Elimina la amargura y disuelve lentamente la hostilidad, hasta que incluso nuestros enemigos pierden su poder sobre nosotros. Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar profundamente sobre el perdón, especialmente a través de la hermosa oración, el Padre Nuestro, que Jesús nos enseña.

Hoy, del Evangelio de Mateo, Jesús enseña a sus discípulos cómo orar. Como parte del “Sermón en la Montaña”, Él ofrece no solo palabras para recitar, sino una manera de vivir. El Padre Nuestro contiene siete peticiones, comenzando por honrar el nombre de Dios y buscar su voluntad, y continuando con pedir pan diario, perdón, protección contra la tentación y liberación del mal. Sin embargo, una petición se destaca: “…perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden….” Inmediatamente después de enseñar esta oración, Jesús enfatiza la importancia de perdonar a los demás. Esto muestra lo central que es el perdón en la vida cristiana.

 ¿Significa esto que el perdón de Dios es condicional? Ciertamente no en el sentido de que Dios nos limita su misericordia.

El perdón de Dios es siempre abundante, siempre listo y siempre ofrecido libremente. Sin embargo, nuestra capacidad para recibir ese perdón depende de la apertura de nuestros corazones.

Si albergamos resentimiento, alimentamos el odio o rechazamos la reconciliación, nos cerramos a la gracia que Dios desea derramar sobre nosotros. No es que Dios retenga la misericordia; más bien, la bloqueamos por nuestra falta de voluntad para perdonar.

La primera lectura del Libro de Siraque recuerda al profeta Elías, un hombre ardiendo de celo por el Señor. Su vida nos recuerda que la verdadera devoción a Dios requiere un corazón purificado. Un corazón puesto en Dios no puede permanecer endurecido hacia los demás. En el mismo espíritu, el Salmo 96 (97) proclama al Señor como nuestro majestuoso, justo y glorioso Rey. Al estar ante un Dios tan justo y misericordioso, estamos llamados a reflejar su misericordia en nuestras propias vidas.

El perdón no es fácil. Las heridas pueden ser profundas y dolorosas. Sin embargo, Jesús nos llama a perdonar desde el corazón.

Esto significa más que decir palabras educadas; significa dejar ir la amargura y confiar nuestro dolor a Dios. Cuando perdonamos, no fingimos que el mal nunca ocurrió. Más bien, elegimos la libertad por sobre el resentimiento y la sanación por sobre el odio.

El Padre Nuestro es una de las oraciones más simples y conocidas, pero en su interior se encuentra un desafío profundo. Cada vez que lo rezamos, le pedimos a Dios que forme nuestros corazones de acuerdo con su misericordia. El verdadero perdón nos libera. Restaura la paz dentro y alrededor de nosotros.

Pidamos a nuestro Padre la gracia de perdonar sinceramente.

Porque cuando el perdón fluye del corazón, la amargura desaparece, la misericordia crece e incluso los enemigos pierden su poder sobre nosotros.

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