
Reflexión
Jesús dijo:
“Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.
-Mateo 11:28-30
Aprendemos a trabajar duro y a cargar con cargas pesadas desde una edad temprana, de todos modos, me pasó a mi. Creo que tenía unos 10 años cuando tuve esta realización. Tenía dos hermanos mayores y una hermana que se estaban desprendiendo lentamente de las tareas domésticas a medida que avanzaban en la edad y los estudios. Las tareas de la casa que solían hacer, casi a diario, como lavar y secar los platos después de las comidas, se nos estaban pasando a mí y a mi hermana menor. Nuestros gemidos cayeron en oídos sordos y nuestros padres no tenían ninguna compasión por nosotros. Nos sentíamos estresados y excesivamente agobiados.
Una noche, después de cenar, me harté. ¡Anuncié que iba a huir de casa! ¡Mi madre preguntó: “¿Quieres que te prepare un lonche?” Decidí quedarme.
Con el paso de los años, las realidades del trabajo duro y las pesadas cargas de la vida se volvieron demasiado reales. El trabajo duro no era sólo un trabajo físico, como trabajar largas horas en los campos o echar cemento para las fundaciones bajo el sol caliente de Texas. También se trataba de tomar decisiones difíciles en la vida, como decidir quién quería ser y qué opciones tenía que tomar para alcanzar mi sueño.
Sumado a esto, me di cuenta de las cargas de la vida: la muerte de los abuelos, las decepciones en las amistades y la carga de no tener mucho dinero. Parecían, a veces, abrumadoras.
Cuando llegue a ser un adulto joven, también aprendí que llevaba conmigo las cargas de la sociedad y las injusticias de los líderes mundiales. Nos encontramos en una guerra por una causa que cada año carecía más de claridad y solución. Vimos a personas dentro de nuestro país que fueron tratadas brutalmente, incluso asesinadas, por intentar registrarse para votar, o a comer en los mostradores del almuerzo, o beber de las fuentes públicas de agua. Sentíamos dentro de nosotros la necesidad de decir o hacer algo en respuesta, de ser testigos proféticos.
Estas cargas e injusticias empezaron a afectarnos personalmente y como sociedad. Nos dimos cuenta de que nadie iba a arreglarlo. Ningún partido político tenía todas las respuestas. Y a todo esto se sumó la comprensión de que construir un mundo mejor iba a requerir mucho trabajo duro.

Me parece que Jesús me está hablando personalmente cuando nos invita a venir a él para que encontremos el descanso, el tipo de descanso que nos aliviará de nuestras cargas mientras asumimos su yugo y sus cargas.
Al entregarnos a él, descubrimos a alguien que es manso y humilde de corazón, alguien que nos permitirá descansar tranquilo y en paz.
Hoy, sentimos tanto malestar, malestar personal, malestar emocional, malestar social, malestar político, ansiosos por lo que se dice o no, cómo se dice y qué hay que decir. Si tomamos en serio la invitación de Jesús, entonces encontraremos el descanso y la paz en él, en su palabra, en su Evangelio, en su Verdad, en su Vida y Muerte, y Resurrección. Cuando Jesús pronunció sus palabras el público vivía con las mismas malestares, y son verdaderas ahora mismo. La enseñanza de Jesús continúa: Ama a tu prójimo y a tu enemigo, trata al otro con bondad y dignidad, acoge al forastero, acoge a los hijos, perdona al pecador y haz a los demás lo que quisieras que te hicieran.
Estoy seguro que si me esfuerzo por hacer esto, entonces encontraré paz y descanso. Sí, puede parecer un trabajo duro, pero pronto encontraremos el yugo fácil y la carga ligera.





