
Reflexión
A veces tenemos más miedo de lo que más necesitamos. La felicidad, la paz y la sanación -de hecho, la vida eterna misma- pueden estar justo frente a nosotros, pero en lugar de abrazarlas, nos alejamos con miedo. Por eso es fácil identificarse uno con el joven rico en el evangelio de hoy que le hace a Jesús una pregunta que resuena con todos nosotros: “Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?”
La respuesta inicial de Jesús no sorprende. Le dice al joven que “si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”. El consejo de Jesús confirma que los mandamientos comprenden las actitudes y acciones que conducen a la vida.
Pero note que Jesús distingue entre entrar en la vida y la perfección de la vida.
Obedecer a los mandamientos, que el joven siempre ha hecho, nos pone en el camino de la vida; sin embargo, no es suficiente para hacernos perfectos, no basta para transformarnos en personas que poseen totalmente y pueden gozar completamente de la plenitud absoluta de la vida. Si el joven rico alguna vez cruzará el umbral hacia la plenitud de vida, debe, insiste Jesús, “ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres”.
El joven -junto con cualquier otro que escuche esta historia- está asombrado. Jesús le dice que él ganará la vida eterna solo haciendo algo que parece totalmente imprudente y tremendamente absurdo.
Jesús dice que la felicidad duradera y la paz genuina llegarán al joven solo cuando él suelte su control de todo lo que posee -toda su riqueza y todas sus posesiones- entregándolos a los pobres.
Pero como el joven no puede renunciar a estos bienes menores por un bien mucho mayor, “el joven se fue entristecido”.
En el joven rico, nos encontramos a nosotros mismos. En Jesús, la vida eterna está de pie justo frente a nosotros, pero en lugar de abrazarla con alegría, nos alejamos con miedo porque aún no somos capaces de encontrar nuestra seguridad -de hecho, nuestra identidad y el significado de nuestras vidas- al seguir a Cristo. Hasta que eso suceda, pasaremos nuestras vidas marchándonos tristes.





