
Reflexión
Peter Maurin, quien junto con Dorothy Day fundó el Movimiento del Trabajador Católico, escribió:
Los intelectuales católicos han tomado la dinamita de la Iglesia, la han envuelto en un lenguaje elegante, la han colocado en un recipiente hermético y se han sentado sobre la tapa. Ya es hora de hacer volar esa tapa, para que la Iglesia Católica vuelva a ser una fuerza social dinámica y transformadora.
A pesar de décadas de declaraciones, encíclicas y homilías de líderes de la Iglesia, el impacto de la Doctrina Social Católica ha tenido dificultad para despertar a la gente que se sienta en los bancos. Tal vez, como dijo Maurin, ha sido ignorada o sellada en nuestras psiques herméticas como algo no aplicable a la vida cotidiana.
Este momento de la historia en los Estados Unidos puede ser el tiempo en que dejemos de sentarnos sobre nuestra dinamita. Un papa y tres cardenales estadounidenses, así como la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, han condenado el trato dado a refugiados e inmigrantes; el arzobispo de la Arquidiócesis de los Servicios Militares de los Estados Unidos proclamó que soldados y marineros pueden desobedecer una orden inmoral; el papa condenó la invasión de otro país por parte de los Estados Unidos; cien miembros del clero fueron arrestados en Minnesota mientras protestaban contra las acciones de ICE.
Algo está cambiando radicalmente. La tapa que cubría las poderosas enseñanzas sociales de la Iglesia, arraigadas en los mandatos de Jesús, está siendo arrancada.
El Evangelio de hoy narra un episodio político muy parecido a los de nuestro tiempo. Un profeta alzó la voz. Le costó la vida.
Un poco de contexto ayuda. Juan denunció a Herodes por haberse casado con la esposa de su hermano, en una cultura donde el matrimonio servía para construir y consolidar dinastías y alianzas entre las élites. El primer matrimonio de Herodes había asegurado una alianza con uno de los grandes reinos del Cercano Oriente, Nabatea. Cuando el rey contrajo un segundo matrimonio, su primera esposa —una princesa nabatea— huyó, dejando militarmente expuestos a los judíos del reino de Herodes. Pero también se abrió una profunda grieta entre Herodes y muchos de sus súbditos judíos. Los judíos consideraban legítimos a sus gobernantes solo si respetaban la Ley judía, cosa que Herodes no hizo al casarse con la esposa de su hermano.
El profeta Juan avergonzó públicamente a Herodes, ofendiendo a su vengativa segunda esposa. Juan arriesgó su vida al denunciar el mal. Jesús siguió el mismo camino al confrontar a las autoridades. Al igual que Juan, fue arrestado, encarcelado, ejecutado y sepultado.
Un sacerdote pasionista me recordó recientemente que la multitud judía, incitada por líderes religiosos llenos de miedo, gritaba: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Es posible que creyeran que matar a Jesús en un madero sería, de algún modo, un bien para todos los judíos. Quienes asistían a la fiesta de cumpleaños del rey quizá aclamaron la decapitación del gran profeta, buscando el favor de Herodes para su propio beneficio. ¿Suena familiar? En ambos casos, la gente no se atrevió a tomar una postura pública contra el mal.
En nuestros días, el mal parece ir en aumento. Los inocentes son aterrorizados, encarcelados y asesinados. La ley del más fuerte se impone como código moral dominante, no las palabras de Jesús.

Un líder de la Iglesia en New Hampshire dijo recientemente que, si tomamos en serio nuestra fe en este momento de la historia, bien podríamos esperar el martirio.
Incluso animó a sus sacerdotes a asegurarse de tener sus testamentos en orden.
¿Seremos como los invitados a la fiesta de cumpleaños que nunca se atrevieron a denunciar a Herodes? ¿Seremos parte de la multitud que gritó “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”, creyendo que un acto malo conducirá, de alguna manera distorsionada, a algo bueno?
Es tiempo de oración. Tiempo de escuchar al Espíritu actuando en nosotros. Y luego, como fruto de esa oración, actuar.
Las palabras del salmo de hoy nos reconfortan:
El camino de Dios es perfecto;
la promesa del Señor es probada en el fuego;
Él es escudo de todos los que en Él se refugian.
Debemos usar la dinamita de la Iglesia, a la manera de Dios, para resistir el mal. Para eso Dios nos la dio.





