
Reflexión
Las lecturas de hoy nos piden examinar nuestras actitudes que se manifiestan en que cosecharemos con moderación, daremos a regañadientes, trazaremos límites definidos de aceptabilidad y nos aferraremos a nuestro estatus, tradiciones o identidad grupal — en lugar de morir a nosotros mismos para descubrir una nueva vida. Estas son preguntas profundas.
Recuerdo cuando era como un pecado mortal para un católico hacerse amigo de un protestante. Afortunadamente, morimos a nuestra exclusión hacia los protestantes y descubrimos que Dios también estaba sembrando dones en ellos. Sin embargo, muchos de nosotros todavía tenemos un desdén arraigado en el miedo a nuestros hermanos y hermanas musulmanes y judíos; o los juzgamos por la política de sus países de origen. Tal vez estos co-descendientes de Abraham, nuestras hermanas y hermanos, podrían ayudarnos a cultivar las semillas que Dios plantó en nosotros si eliminamos las barreras ansiosas y llenas de odio que hemos puesto antes de dar la comprensión mutua una oportunidad para florecer entre nosotros.
Cuando era adolescente, una familia cubana se mudó a nuestro pueblo que era 100% blanco y 100% católico. La familia buscaba una vida mejor. Se fueron después de 5 meses de haber tenido su coche maltrechado por los huevos tirados a él, leyendo notas amenazantes en la puerta y siendo ignorados por los empleados de la tienda. ¿Es ese tipo de prejuicio el que está detrás de nosotros? ¿O aceptamos la noción de que los hispanos son extranjeros que roban empleos y rompen leyes para destruir este país, y por lo tanto no merecen dignidad ni valor?
¿Con qué frecuencia nos quejamos de que gente de su cultura o de otras esté arruinando nuestro “estilo de vida estadounidense” en lugar de reconocer que todos somos inmigrantes y todos somos valiosos para nuestra sociedad, ya que se sigue sembrando, cultivando y llevando a la cosecha?

¿Qué sucede cuando una parroquia se une o fusiona con las de otra cultura, idioma o condición económica? Estamos dispuestos a “morir” a como siempre hemos hecho las cosas, a “morir” a creer que celebramos la liturgia de la manera “correcta”, a “morir” a la exclusión de ciertos grupos del gobierno parroquial y a “morir” a las distinciónes que definen quién está “dentro” y quién está “fuera”? Jesús estaba dispuesto a sentarse a la mesa con todos los que venían. ¿Nosotros?
En nuestras comunidades y sociedad, ¿cómo podemos llegar a ser más “donantes alegres” que provean generosamente a los pobres, nutren a las plántulas para realizar su potencial, y traigan nueva vida a cada persona que encontramos?
Estas son preguntas difíciles; siempre es difícil morir a uno mismo. La experiencia nos transforma si la dejamos. Morir, literal o figurativamente, nos da a luz una nueva vida.
Jesús nos llama a romper el duro manto que nos separa del “otro” para que podamos mirar a cada persona y vernos -y ver a Cristo- en ellos. Él nos ordena que nos acerquemos con un amor generoso, desbordante y de brazos abiertos. Él anhela que sembremos en abundancia para cosechar en abundancia, que celebremos y aprendamos de su (y nuestra) “alteridad”, que rechacemos las nociones de escasez que nos impiden compartir por miedo a que no haya suficiente para nosotros mismos, y que usemos tanto la palabra como la obra para ayudar a asegurar que nunca vuelva a haber violencia entre nosotros. Si podemos hacer eso, y solo si lo hacemos, el reino de Dios florecerá en esta tierra y la justicia perdurará para siempre.





