
Reflexión
A nadie le gusta un fanfarrón (showoff). Sin embargo, todos nosotros, al menos ocasionalmente, disfrutamos de ser un fanfarrón y eso no es sorprendente. Los seres humanos tienen hambre de reconocimiento; anhelamos ser notados y, a pesar de nuestras protestas, muchas veces nos gusta ser el centro de atención. En la era de las redes sociales, el deseo de ser visto y celebrado -de estar bajo los focos- parece más fuerte que nunca. Pero algunos deseos son peligrosos y este es ciertamente uno de ellos. Es por eso que la vanagloria -un deseo desmedido de alabanza y reconocimiento- ha sido reconocida consistentemente como uno de los siete pecados capitales. Es la forma del cristianismo de decirnos que si dejamos que este deseo nos domine, nos dañará profundamente y nunca nos dará la satisfacción y el cumplimiento que anticipamos.
Jesús lo sabía, y por eso no es de extrañar que en el evangelio de hoy nos advierta que “debemos estar atentos” a la gente que hace cosas solo para ser vistos.
Podríamos llamarlos “espectáculos espirituales”. Estas son personas que hacen cosas buenas -dar limosna, orar, ayunar- pero por las razones equivocadas. Incluso si sus actos logran el bien (como ayudar a los pobres), su intención es únicamente llamar la atención sobre sí mismos. Por eso Jesús los descarta como nada más que “hipócritas buscando aplausos”. Pero también nos está diciendo que si luchamos por la felicidad buscando alabanza y gloria para nosotros mismos, estaremos profundamente decepcionados. Nótese que con cada ejemplo de hipocresía espiritual, Jesús dice: “ya se les ha pagado”. Contrasta esta recompensa con ser recompensados por Dios para subrayar la pura vacuidad y futilidad de una vida cuyo propósito dominante es hacernos el centro de atención. De hecho, “los que ya están pagados” terminan sin nada.
Estamos llamados a dar gloria y alabanza no a nosotros mismos sino a Dios. Si lo hacemos, día a día, a través de nuestros pensamientos, palabras, intenciones y acciones, experimentaremos una felicidad y realización que nunca podríamos haber creado para nosotros mismos.
Consideremos la historia del profeta Elías en la primera lectura de hoy. Al final de una vida dedicada enteramente al servicio de Dios, Elías es llevado al cielo en un carro en llamas arrastrado por caballos en llamas. El final de nuestra vida puede no ser tan inolvidable, pero podemos estar seguros de que Dios glorificará las vidas que se pasaron glorificando a Dios. Al fin y al cabo, por eso recibimos nuestra vida en primer lugar.





