Escritura Diaria, 4 Febrero 2026

Que Dios nos bendiga, día tras día: a nosotros mismos, a nuestras familias, a nuestros amigos y a todos los que necesitan sanación y aliento.

Reflexión

Volver a casa

En los últimos meses, muchos de nosotros hemos sentido el deseo —o incluso hemos logrado— “volver a casa”. Las fiestas y los sueños del invierno suelen animarnos a hacer un viaje “a casa”, a los lugares conocidos, a la familia y a los amigos… incluso para tomarnos un tiempo de descanso y reenergizarnos.

El Evangelio de hoy nos narra a Jesús volviendo a casa, “…a su tierra…”, acompañado de sus discípulos-amigos. Sin duda disfrutó estar con su familia y con sus discípulos. Siendo el “Hombre de Oración”, Jesús oró y enseñó en la sinagoga local… ¡creando asombro y cuestionamientos de la gente de su pueblo! “Lo conocemos, conocemos a su familia; ¿de dónde le viene esta sabiduría y este poder?…” Algunos incluso se escandalizaron de Él. ¡Que recepción a su casa! No es de extrañar que Jesús no pudiera realizar allí ningún milagro, tan sorprendido estaba por su falta de fe.

Esto me lleva a una sencilla reflexión sobre la familia y el “hogar”. Qué fácil es dar por sentadas las cosas y a las personas, incluso el hogar y la familia.

Con demasiada frecuencia pasamos por alto esas dimensiones cotidianas de las personas y de los lugares: cómo nos sentimos acogidos y valorados, cómo las palabras y los gestos de quienes amamos van moldeando nuestra vida, nuestros recuerdos e incluso nuestro entorno.

En estos días, los negocios comerciales nos ayudan a prepararnos para el Día de San Valentín con sus coloridas vitrinas y ofertas de tarjetas y dulces. Todo eso ayuda a centrar nuestra atención y nuestro amor los unos en los otros, un amor que —ojalá— brota del amor que tiene su raíz en Jesús, quien nos da vida y nos hace familia. Tal vez… solo tal vez… el Evangelio de hoy pueda animarnos a abrir de verdad los ojos y el corazón hacia los demás, hacia la vida que compartimos y que llamamos “hogar”. Quizás podamos mirar más profundamente y dejar de lado los juicios apresurados y la impaciencia que tantas veces sofocan una apreciación más honda de la presencia de Dios en los demás, especialmente en nuestra familia. Quizás podamos reconocer con mayor claridad las bendiciones que son nuestras familias y nuestros hogares… ¡y decírselos!

Entonces Jesús podrá “realizar un milagro…” y ayudarnos a crecer en la fe, la esperanza y el amor.

Que Dios nos bendiga, día tras día: a nosotros mismos, a nuestras familias, a nuestros amigos y a todos los que necesitan sanación y aliento.

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