
Reflexión
Conozco la oscura satisfacción de la venganza, ese deseo de herir a quien me ha herido. Quiero que asuma toda la responsabilidad y que sufra tanto como yo sufrí. Quiero mi propia versión de justicia, alimentada por el dolor: disculpas, humillación y reparación. Y aun así, deseo conservar el poder de negarle mi amor.
Estas reacciones no surgen de la nada. Con frecuencia tienen raíces en la infancia, cuando éramos incapaces de defendernos del dolor, del abandono o del abuso. Devolver el golpe es nuestro intento desesperado de recuperar el control, la dignidad y la protección. Es fundamental reconocer estos sentimientos, con una dosis de compasión hacia esa versión más joven de nosotros mismos que simplemente quería que el dolor terminara.
Sin embargo, es igualmente importante madurar y no quedarnos atrapados allí. Jesús advierte sobre las consecuencias de no perdonar, pero quizá el tormento no sea, ante todo, un castigo divino. Cuando permanecemos estancados, alimentando el odio y el deseo de venganza, poco a poco eso va moldeando nuestro carácter. Nos volvemos personas cada vez más enojadas, resentidas e inseguras, cuyo instinto básico es herir en respuesta. Nos encerramos en un ciclo de oscuridad que nos castiga al menos tanto como castiga a quien nos ofendió.
Además, la falta de perdón mantiene mi corazón como rehén de las malas acciones de otra persona. Le entrego poder: poder sobre mi sueño, mi apetito, mi paz, mi alegría. Y, de manera inevitable, eso se derrama sobre otras relaciones, corroyendo la confianza y la ternura.
Por favor, comprendan que perdonar no significa que las acciones del ofensor estuvieron bien; no lo estuvieron, no lo están ni lo estarán jamás. Tampoco implica renunciar a la búsqueda de la justicia. Perdonar significa soltar mi exigencia de venganza, mi resentimiento y mi odio, mi deseo de verlo sufrir. Recupero mi corazón y mi poder, liberándome de su control.
Ahora bien, el perdón no suele ser instantáneo, salvo quizá en ofensas pequeñas. Cuando se trata de heridas profundas, implica un camino largo y desigual de oración, reflexión y, a veces, incluso de terapia. Yo misma he experimentado heridas y traiciones profundas, y solo pude ir liberando esas emociones gradualmente, con el paso del tiempo.
Aun ahora, en ocasiones vuelven a surgir. Lo importante es mantenerse comprometido con el proceso, decidido a alcanzar la meta de liberar el corazón.

Finalmente, el perdón no es lo mismo que la reconciliación. Una respuesta igualmente fiel, especialmente cuando la reconciliación no es prudente, puede ser establecer distancia y límites, o incluso poner fin a la relación. En todos los casos, el perdón puede ser unilateral, aun cuando no haya disculpa ni arrepentimiento; la reconciliación, en cambio, no puede serlo. La reconciliación requiere arrepentimiento mutuo, reparación, responsabilidad y un compromiso compartido de no repetir la ofensa. Solo vale la pena cuando ambas personas lo desean y están dispuestas a hacer el trabajo difícil que implica.
En cualquier situación, el perdón es esencial para la salud psicológica y espiritual. Yo sigo trabajándolo, animada por la experiencia de que cada vez que perdono, aunque sea de manera imperfecta, se abre un espacio dentro de mi corazón. Donde antes el resentimiento apretaba con fuerza, el amor de Dios comienza a habitar y a sanar. Me siento más libre, con una paz y una alegría que se pueden experimentar de manera concreta.
Entonces, la pregunta es: ¿Las acciones de quién siguen teniendo poder sobre ti? ¿Qué perdón te está invitando Jesús a trabajar?
En esta Cuaresma, elijamos este proceso lento y santo que conduce a la verdadera libertad.





