
Reflexión
Tan multidimensional es el Evangelio de Juan —tan profundamente simbólico, tan místico y, sin embargo, tan sólidamente fundamentado eclesialmente—; y nunca lo es más que en los pasajes de hoy: breves, pero sumamente densos.
Primeramente se sitúa el discurso de despedida de Jesús en la tarde anterior a su muerte. En esta Última Cena, Jesús consuela a sus discípulos. Los prepara no solo para su propia crucifixión —escandalosa e impactante—, sino también para la severa persecución que ellos mismos habrían de sufrir inminentemente.
Entonces, Juan nos lleva a otro nivel — Jesús consuela a sus conmocionados discípulos con una promesa increíble: no los abandonará. No. Promete enviarles al «Abogado» —o, con mayor exactitud en griego, al «Paráclito»—. ¿Y quién es este Paráclito? Es, literalmente, «aquel que ha sido llamado a mi lado» para ayudarlos y brindarles apoyo. El Paráclito será la presencia de dios, activa y fortalecedora, especialmente durante los tiempos de desafío y sufrimiento que se avecinan, mientras ellos continúan el ministerio de Jesús.
Entonces Jesús revela una profunda dimensión trinitaria en su Discurso de Despedida. De hecho, la Trinidad resulta sumamente destacada en este pasaje. Jesús habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —el Paráclito— conjuntamente, como uno solo.

¿Por qué? ¿Por qué la promesa del Paráclito? ¿Por qué la necesidad de revelar la naturaleza del Dios verdadero en este Discurso de Despedida?
Es aquí donde Juan aúna todos estos niveles, todas estas interrogantes.
La separación física de Jesús no significa abandono. Su crucifixión no significa el fin. Su muerte no significa la muerte de su ministerio. Por el contrario, Jesús inaugurará una presencia espiritual nueva, más profunda y permanente, así como la continuación de su ministerio —y no solo con los discípulos, sino también con nosotros hoy: su Iglesia.
Al revelar al Dios Trino, Jesús revela que la unidad de la Iglesia refleja fundamentalmente a la Trinidad —las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—, reflejando así la comunidad diversa unida por el amor, el perdón y la misión.
La promesa de Jesús a sus discípulos la noche antes de morir es la promesa que nos extiende a nosotros. Cuando somos bautizados, somos bautizados en la Trinidad y, al igual que la Trinidad, estamos unidos en comunidad. Jesucristo no nos abandonará. Nosotros también tenemos al Paráclito caminando a nuestro lado para sostenernos, incluso cuando tropezamos. Y, por nuestro bautismo, nosotros también somos llamados a la misión: a proclamar la Buena Nueva.





