San Pablo de la Cruz enseñó repetidamente que el ayuno y la penitencia corporal solo tienen valor en la medida en que fomentan la humildad, la caridad y la conformidad con la voluntad divina, y que una austeridad excesiva puede alimentar el amor propio en lugar de mortificarlo.
Dios de misericordia, en este tiempo de Cuaresma enséñanos un ayuno sincero, discreto y modelado por el amor.
Líbranos de prácticas que fomentan el centrarnos en nosotros mismos o que alimentan el orgullo, y condúcenos hacia una humildad de corazón.
Al soltar aquello que nos da comodidad o control, abre nuestras vidas a una dependencia más profunda de tu gracia y a una mayor atención a los demás.
Que nuestro ayuno ablande el corazón y no lo endurezca, haciendo espacio para la compasión, la sobriedad y la responsabilidad compartida.
Por medio de esta disciplina cuaresmal, conforma más plenamente nuestra voluntad a la tuya y renuévanos para la obra del amor en el mundo.





