Escritura Diaria, 12 de Mayo de 2026

Hoy la lectura del evangelio, tomada del capítulo 16 del evangelio según San Juan, constituye la continuación de una serie de capítulos titulada «Discursos de la Última Cena», los cuales se insertan entre el final de la Última Cena, en el capítulo 13, y el arresto de Jesús, en el capítulo 18.

Reflexión

Hoy la lectura del evangelio, tomada del capítulo 16 del evangelio según San Juan, constituye la continuación de una serie de capítulos titulada «Discursos de la Última Cena», los cuales se insertan entre el final de la Última Cena, en el capítulo 13, y el arresto de Jesús, en el capítulo 18. En estos capítulos, Juan se dedica a resumir las enseñanzas de Jesús, mientras este continúa preparando a sus discípulos para la confusión, la frustración, el sufrimiento y la sensación de abandono que están a punto de experimentar durante su pasión, muerte y resurrección, así como en los días y semanas subsiguientes.

Los discursos de la Última Cena anticipan la ansiedad y la incertidumbre con las que cada uno de los discípulos aún tendría que lidiar. Incluso mientras les dice que debe dejarlos para regresar al Padre que lo envió, intenta asegurarlos diciéndoles: «les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito;» (Jn 16,7). Esta es la cuarta de las cinco ocasiones en los discursos en las que Jesús hace referencia a la venida del Abogado. En esta instancia en particular, alude a la obra que realizará el Abogado cuando llegue. El Abogado «establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio» (Jn 16,8).

La referencia al pecado alude a aquellos que escuchan la palabra, pero no creen ni siguen las enseñanzas de Jesús. Son las personas de mente cerrada y corazón endurecido a las que él se ha referido tan a menudo en sus enseñanzas. Entre ellas nos contamos también aquellos de nosotros que hemos dado la espalda a las enseñanzas de nuestra fe en nuestros momentos de debilidad y vulnerabilidad. Sin embargo, una vez que nos sentimos interpelados, el Abogado nos conducirá de regreso al camino que el Señor ha trazado para nosotros en nuestro viaje hacia el Padre celestial. Nunca debemos perder la esperanza de ver al Padre si aceptamos las gracias del Abogado y retomamos el camino que Jesús nos señaló con tanta claridad.

La referencia a la justicia concierne a la inminente pasión, muerte y resurrección de Jesús, la cual constituye la consumación definitiva de su ministerio terrenal, tras la cual regresará al Padre. ¡Cuántas veces, a lo largo de sus enseñanzas, nos recordó Jesús que Él es el camino hacia el Padre y que no existe otro camino!

Una vez más, Jesús procura asegurar a sus discípulos que el Paráclito vendrá para reforzar sus enseñanzas y animarlos a seguir sus pasos. Son estas palabras de aliento y esperanza. En última instancia, estas palabras encenderán en sus corazones el fuego de la fe, el cual los impulsará hasta los confines más remotos del mundo para predicar su palabra. El Paráclito infundirá también el fervor que inspiró a Pablo y a Silas a orar y entonar himnos aun estando encarcelados, tal como observamos en la primera lectura de hoy.

La referencia a la condenación, «el príncipe de este mundo ya está condenado» (Jn 16,11), afirma la victoria de la gracia frente al pecado. El Abogado nos concederá la gracia de reconocer la verdad acerca de nuestro propio pecado y, a través de la justicia de Jesús, nos mostrará el camino hacia el perdón, la restauración y la esperanza de la resurrección y la salvación.

En doce días, la Iglesia celebrará una vez más la venida del Abogado que Jesús prometió enviar a sus discípulos (a nosotros). Oremos con gran expectación por esta celebración, para que estemos dispuestos a ser arrepentidos de nuestros pecados y para que el Abogado suscitará en nosotros el afán por el camino hacia el Padre.

Que la Pasión de Jesucristo esté siempre en nuestros corazones!

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