
Reflexión
En el Evangelio de hoy, los discípulos, sumidos en el duelo, salen a pescar; algo que, muy probablemente, no habían hecho desde que dejaron sus redes para seguir a Jesús. A pesar de ser pescadores experimentados, no pescan nada. (Sabiendo que las emociones propias del duelo suelen interferir con nuestro pensamiento, me pregunto si esto tuvo, en parte, la culpa).
Entonces, alguien desde la orilla se dirige a ellos llamándolos «hijos» y les dice que lo están haciendo mal, instruyéndolos a echar las redes en el lado derecho de la barca. ¿Se imaginan el murmullo de descontento ante la humillación de ser menospreciados y, acto seguido, recibir órdenes sobre qué hacer? Sin embargo, tal vez fuera precisamente lo que necesitaban para concentrarse, pues a continuación capturaron una red repleta de peces. Mientras miraban con asombro a aquel hacedor de maravillas, el «discípulo a quien Jesús amaba» reconoció que era el Señor quien los había salvado una vez más.
Pedro, aparentemente decidido a llegar primero ante Jesús, abandona al resto y nada hacia la orilla. Los demás llevan la barca a tierra y, probablemente, saltan a la arena rebosantes de alegría. Curiosamente, cuando Jesús pide pescado, es Pedro —y solo él— quien arrastra la red desbordante. Quizás sus amigos, tras haber sido abandonados, optaron ahora por abandonarlo a él a su vez; o tal vez, simplemente, deseaban tener su propio momento con el Señor. Jesús no juzga. Los alimenta, los ama y los capacita para salir como testigos. Tal como proclamó cuando los llamó por primera vez, les recuerda que tienen un propósito superior en la vida.
Aunque me he tomado ciertas libertades especulativas con este texto, este plantea múltiples interrogantes que podemos responder en oración a lo largo de esta semana. Por ejemplo:

¿Con qué frecuencia insisto en que sé lo que estoy haciendo, aun cuando las cosas no están funcionando? ¿En qué áreas de mi vida actual puedo admitir con humildad que no puedo hacerlo solo, y escuchar verdaderamente a Dios y a los demás?
¿Me centro a veces tanto en ocupar la mejor posición o en alcanzar mis propios objetivos que doy la espalda a los demás? ¿Puedo dar un paso atrás conscientemente, desprenderme de mi necesidad de ser el número uno y esforzarme por colaborar con otros para el bien de todos?
¿De qué maneras actúo movido por la mezquindad o el resentimiento? ¿Puedo ablandar mi corazón y negarme a responder con negatividad ante las ofensas, ya sean reales o percibidas?
¿Hacia qué propósito superior me llama Dios en mi vida? ¿Cómo puedo dar prioridad a ese llamado?
Si te detienes a reflexionar sobre este texto, tú también formularás tus propias preguntas. No te quedes en la superficie. A lo largo del tiempo pascual, busquemos la manera de convertirnos en mejores discípulos de Cristo para poder dar testimonio hasta los confines de la tierra.





