Escritura Diaria, 13 de Abril 2026

Al igual que a Nicodemo, Jesús nos invita a todos a abrazar la Pascua como una festividad que debería convertirse en un modo de vida.

Reflexión

La pregunta de Nicodemo va directa al grano: ¿Podemos nacer de nuevo por completo? La Pascua responde de manera rotunda: «¡Pues sí, ciertamente podemos!». De eso trata precisamente la Pascua: de nacer de nuevo, de pasar de una «muerte en vida» a la vida verdadera; de pasar del miedo a la confianza, y de la ansiedad a la paz; de pasar de una mentalidad estrecha a un amor que nunca deja de expandirse; y, sin duda alguna, de pasar de la tristeza del viejo mundo a una alegría sobreabundante. Esto podría sonar exageradamente inverosímil; sin embargo, la Pascua no es nada si no constituye una recreación total de nosotros mismos y de nuestro mundo, fundamentada en la justicia y el amor, la misericordia y el perdón, la sanación y la paz.

El encuentro nocturno de Jesús con Nicodemo atestigua que un modo de vida pascual no guarda, en absoluto, continuidad con aquello que conocíamos al otro lado del sepulcro. La Pascua no consiste en hacer que todo sea tan solo un poco mejor; consiste en hacer que todo sea deslumbrantemente nuevo. Entrar en la Pascua es formar parte de un mundo que nunca supimos que existía, pero que es tan rico en promesas que, a su luz, todo cuanto pertenece a nuestro viejo mundo parece estar muriendo. En el Evangelio de hoy, Jesús denomina a este mundo pascual el «Reinado de Dios».

El Reinado de Dios es un nuevo modo de vida, marcado no por la violencia, la animosidad y la represalia —ni por la desconfianza y la traición—, sino por la armonía, el perdón y la paz.

Es un mundo que no prospera gracias al poder del dominio y la coacción, sino gracias al poder creador del servicio mutuo y del amor generoso. Para formar parte de esta nueva vida, Jesús nos dice que debemos ser engendrados desde lo alto; nacer no de la carne, sino del Espíritu. Consiste en orientar nuestro rumbo no a partir de un mundo que se desvanece, sino a partir de Aquel que ha resucitado. Es decir «sí» a un amor que nos ha estado llamando desde el día mismo en que nacimos.

El problema con la Pascua es que no logramos retenerla. La celebramos y, acto seguido, volvemos a deslizarnos hacia la tumba. Al igual que a Nicodemo, Jesús nos invita a todos a abrazar la Pascua como una festividad que debería convertirse en un modo de vida. No se trata de un solo día para celebrar y luego olvidar rápidamente, sino de la vida exultante que la muerte y la resurrección de Jesús hacen posible para nosotros; una vida en la que ninguna esperanza resulta demasiado audaz ni ningún sueño jamás insensatamente descabellado.

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