
Reflexión
Las lecturas de hoy nos invitan a una profunda mirada al corazón. En el libro de los Reyes, el pueblo de Israel experimenta las consecuencias de haberse alejado de Dios. No fue una caída repentina, sino el resultado de pequeñas infidelidades, de escuchar otras voces y de endurecer el corazón ante las constantes llamadas del Señor a la conversión.
En el Evangelio, Jesús nos dirige una advertencia que sigue siendo actual: antes de mirar la falta del hermano, debemos reconocer nuestras propias limitaciones.
La viga en nuestro ojo simboliza todo aquello que nos impide ver con claridad: el orgullo, el resentimiento, los prejuicios y la falsa seguridad de creer que siempre tenemos la razón.
Mientras continúo mi recuperación después del stroke que cambió inesperadamente mi vida, estas palabras adquieren un significado especial. La enfermedad tiene una manera particular de hacernos conscientes de nuestra fragilidad. Cuando el cuerpo ya no responde como antes y dependemos de la ayuda de otros, desaparece la ilusión de autosuficiencia. Descubrimos que todos somos vulnerables, que todos cargamos alguna cruz y que todos necesitamos misericordia.
Desde la espiritualidad pasionista, contemplamos a Cristo Crucificado, quien no juzga desde la distancia, sino que ama desde el sufrimiento compartido.
Al pie de la Cruz aprendemos que la verdadera mirada cristiana no nace de la crítica, sino de la compasión; no de señalar errores, sino de acompañar heridas.
Pastoralmente, estamos llamados a construir comunidades donde la escucha sea más fuerte que el juicio, donde la paciencia venza la impaciencia y donde la misericordia tenga siempre la última palabra. Quien ha experimentado su propia fragilidad puede convertirse en instrumento de consuelo para los demás.
Pidamos hoy la gracia de un corazón humilde, capaz de reconocer sus propias limitaciones para acompañar a nuestros hermanos con la misma ternura con la que Cristo nos sostiene cada día.





